sábado, 11 de julio de 2009

Todas mis muertas

Creer o reventar... o de un tiempo a esta parte: creo que me beneficio de las que revientan. A las pruebas me remito:
1) en caminata por San Telmo nos cirujeamos con amigxs una serie de cosas que después concluimos que pertenecerían todas a una fallecida: cds, casettes, perfumes, ropa de marca (e incluso fotos y agenda, que tuvimos el buen gusto de chusmear a placer y luego desechar). Resultó, para mi beneficio, que la finadita era de carnes cortas allá por el sur de su humanidad, y ni tuve que hacer dobladillos a los pantalones que usé alegremente para mis primeras entrevistas laborales después de mucho tiempo (y yo que pensaba que iba a tener que invertir en disfrazarme de persona humana y poblar de negro mi guadarropa). (Ah, y también un gusto anacrónico por la música rosarina: ¡hasta un casette de Fandermole tenía!).
2) Conseguí trabajo de secretaria en un consultorio médico (de un geriatra para más datos), reemplazando a la chica anterior que dejó al médico en banda de un día para el otro (esa era la data que me dieron cuando me llamaron un lunes a la mañana para empezar a trabajar por la tarde). Con el correr de las horas y de los comentarios abrumados de los viejitos, me enteré que mi antecesora había tenido el mal tino de fenecer entre semana ¡Y con lo jovencita que era! (casi que me queda mocha la teta izquierda.... viejos hijoeputas, seguramente detrás de esa falsa preocupación habría cierta satisfacción, como diciendo: y aquí me ves, con mis achaques pero vivito y coleando a la avanzada edad de ochetaypico de años) , que por lo general venía acompañado de una descripción: “la gordita ésa vendía salud” (doble razón para desconfiar de los aparentemente desinteresados caramelos que lxs señorxs depositan en mis manos como “propina” -mi primera hipótesis fue que con esto intentan conseguir con eso mejores horarios en los turnos, hasta que la cambié por engordarme hasta reventar como la anterior*-).
3) En el consultorio, a un par de semanas cortas de empezar a trabajar, presencié (y podríamos decir que experimenté –aunque, claro, no cargué con la peor de las partes-) un episodio más que inquientante: tuve que ayudar a entrar a la sala de espera a una viejita que venía a consulta. Venía bastante desmejorada (para usar una paabra que nunca uso). Allí pareció mejorar algo, y la acompañante aprovechó a contarme entonces que según el documento tenía 97 años, pero que en realidad, había venido de España y había sido anotada aquí, con una edad real de 104 años; me contó además que comía muy bien y que ese mediodía lo había demostrado con una milanesa de pescado con puré. A los minutos, la centenaria se descompuso: con desmayo, respiraciones cada vez menos seguidas, unas especies de ronquidos y vómitos en medio de la inconsciencia** y, por supuesto, mis propias imágenes mentales producto del pseudoconocimiento de medicina proporcionado por series con Dr. House, E.R. emergencias y sandeces por el estilo***. El suspenso aumentaba, amenizado con el soundtrack del contestador de emergencias de PAMI***, que finalmente cortamos para llamar al same. El same vino en escasos minutos y la señora se retiró –en camilla, pero viva- dejándome el alivio de saber que no soy yeta y una sala de espera que limpiar y desodorizar***** ante la mirada asqueada de un visitador médico muy trajeado.******
Y ponele que tenga un sentido del humor un tanto sórdido... pero no sé si lo relaaría si la viejita no se huiera salvado y ahora, a semanas del incidente, no supiera que está en la casa, comiendo filetes de merluza lo más pancha... habiendo sido mi pruebade fuego en el consultorio.



*Oh, sí, me siento el Fernando Vidal Olmos de los viejos.
**el recuerdo, aunque el buen gsto no me lo hubier permitido, fue casi instantáneo: bendito buen comer de la señora.
***el carácter sándico se veía reforzado por el hecho de que más que tomarle la presión o escucharle los latidos, un clínico en su consultorio, poco podría hacer. –Por cierto: contradiciendo mi imaginación, no existe aún el desfibrilador de cartera; y si existe, no está al alcance del médico raso argentino.
*****puede parecer que mi grado de cinismo ha estado aumentando un poco últimamente: no os preocupéis, no sólo parece.
****nota mental: NUNCA llamar al pami en caso de emergencia (un servicio a la comunidad, gracias).
******ésa es una especie (casi exclusivamente masculina) de la que más adelante hablaré (porque vaya que son personajes éstos).

8 comentarios:

CATTO dijo...

Mirá si los elementos cirujeados, pertenecían a la chica que laburaba en el puesto que vos ocupás ahora!!

¬¬

Juicy mandarine dijo...

Ooooh, no lo había pensado :S

kika dijo...

jajajajaja
y gracias por el tema, hacía bocha no lo escuchaba!
quién se quedó con fandermole?

Juicy mandarine dijo...

De nada, Kika... en este lado de mundo nos quedamos en el tiempo seguimos escuchando lo mismo de siempre. El de Fandermole me lo quedé yo, mitad porque debo ser la única que tiene para pasar casettes, mitad porque a nadie más le gusta Fandermole.
Pero por cierto que eran escalofriantes los discos que tenía: toooodos nos gustaban y hasta tenía un disco de la banda de un conocido (parecia que la muertita nos seguía los pasos). Brrrr.

Recontra dijo...

Qué copado tener banda ancha, no?

Juicy mandarine dijo...

Jjajaj. Me cachaste.

kika dijo...

que impresión!!! Fandermole es un letrista excelente, no sé si Baglietto hubiera tenido carrera sin sus canciones.
salút y rock nacional :)

Juicy mandarine dijo...

Sí, Kika, Fandermole es muy zarpadamente buen letrista, pero el JuanCa tiene una voz tan dulce que hubiera hecho carrera igual (salté como leche hervida... ajjaa).
Salút y rock nacional (del tiempo'e ñaupa).
Besos